... Y de pronto vuelvo a ser esa niña asustada, perdida, sola, que se recargó en tu hombro aquella noche.
La mujer en mí le sonríe con nerviosismo y ternura, la mira desde lejos. Porque sabe que ella también, ha estado ahí. Porque sabe lo que es apagar la luz y quedarse completamente a oscuras. Sabe cómo es estar rodeada de gente y vaciarse, al punto de que casi no quede nada para ella. Y que no quiere volver ahí. Le sonríe porque sabe que al final de un largo día, los amigos se van, y la soledad pesa. Cala, te pega en la cara. Pero es también en ese vacío y en esa oscuridad, donde está aprendiendo a ver su luz brillar. Porque luego de un rato, cuando sus ojos se van adaptando al negro de la noche, ha distinguido un tintineo. No estaba tan oscuro después de todo, era solo un fuego que casi se extingue y que tiene que aprender a alimentar. Ese fuego estelar capaz de encender galaxias enteras.
Aún así titubea, me ve de reojo antes de mirarme de frente y decirme con una mirada, que todo estará bien. Es entonces cuando entiendo que debo aprender a aceptar los instantes en que me siento desconcertada. Los momentos en que algo me sacude y me hace preguntarme si realmente tengo control sobre mí tan bien como creía. Y tal vez algunas veces la respuesta será un No, pero estará bien. Debo aprender a que mi alma estelar y juguetona se deje alimentar...
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